Galería de Arte Contemporáneo. La Lisa
>>Antonio Barroso
del 3 de mayo
al 14 de junio

LA FUNCIÓN DEL VELO.

[Una aproximación a la fotografía de Antonio Barroso]


El cuerpo es un producto tardío, una decantación de Occidente en la que aparece el rasgo, crucial, de la caída: es el último peso, vale decir, la gravedad. Pero también podríamos hablar del cuerpo como algo desastroso o, mejor, como nuestra angustia puesta al desnudo. Ahí se pierde pie. No tenemos ninguna duda de que la danza recorre obsesivamente esa piel plegada y replegada, tersa y excitada, ligada o desligada, los lugares de existencia, ese ser-arrojado que es el cuerpo. Los cuerpos, que pueden causar pasmo, son esencialmente lentos, como también los gestos, la exhibición de una medialidad, pueden ser motivo de estupor por su instantaneidad.

La obra de Antonio Barroso, con su intensa meditación sobre la corporalidad más allá de la metafísica de la presencia, nos enseña que haya que estar preparado para escuchar lo inaudito. Pero, ¿cómo tocar el cuerpo con la incorporalidad del sentido? Acaso tendríamos que hacer del sentido un toque, un tacto, un porte. Ese toque es el límite, el espaciamiento de la existencia. Pienso, tras estos merodeos en los que querría dar cuenta de un acontecimiento extraordinario, que lo decisivo es tocar las cosas con la lengua. "Tocar la interrupción del sentido –dice Jean-Luc Nancy-, he ahí lo que, por mi parte, me interesa en el asunto del cuerpo"1 . Tocamos fondo o, mejor, cobramos conciencia del suelo. Por mi pie yo me toco; se trata de tocar el afuera. El yo es un toque de esa exterioridad2 , pero sobre todo el cuerpo es un tono, una tensión. "Un cuerpo es lo que empuja los límites hasta el extremo, a ciegas, tentando, tocando por tanto. ¿Experiencia de qué? Experiencia de "sentirse", de tocarse a sí mismo. [...] El cuerpo es la experiencia de tocar indefinidamente lo intocable, pero en el sentido de que lo intocable no es nada que esté detrás, ni un interior o un adentro, ni una masa, ni un Dios. Lo intocable es que eso toca. También se puede emplear otra palabra para decir esto: lo que toca, eso por lo que es tocado, es del orden de la emoción"1 . Antonio Barroso desarrolla una obra fotográfica en la que las preocupaciones fundamentales son la corporalidad y el retrato, en una suerte de meditación sobre la función del velo que le lleva a enmascarar a sus modelos o a forrarlos, literalmente de plástico adhesivo. Sentido y sensación adquieren, por tanto, una dimensión enrarecida en la que, a pesar de la esencialidad plástica, hay una dimensión gótica que transmite una especial inquietud.

"Puede ser que no haya nominación, lenguaje, pensamiento, deseo o intención más que allí donde hay ese movimiento para pensar todavía, para desear, nombrar aquello que no se da ni a conocer, ni a experimentar, ni a vivir –en el sentido en que la presencia, la existencia, la determinación regulan la economía del saber, de la experiencia y del vivir-. En este sentido, no se puede pensar, desear y decir más que lo imposible, en la medida sin medida de este límite: no se puede desear, nombrar, pensar, en el sentido propio –si lo hay- de estas palabras más que en la desmesurada medida en que aún o ya se desea, se nombra y se piensa, en la medida en que aún puede anunciarse lo que, sin embargo, no se puede presentar como tal a la experiencia, al conocimiento: en resumidas cuentas, aquí, un don que no se puede hacer presente"4.

Antonio Barroso no tiende tanto a la desmesura cuanto a una delimitación corporal en la que la desnudez da paso a lo que llamaría una dimensión onírica. Las poses adquieren una cualidad fantasmal y da la impresión de que en vez de enfrentarnos a sujetos vivos estuviéramos asistiendo a una "escenificación" de las postrimerías. En Más allá del principio del placer, advierte Freud, que la conciencia surge en la huella de un recuerdo, esto es, del impulso tanático y de la degradación de la vivencia, algo que la fotografía sostiene como duplicación de lo real pero también, a la manera de la obra de Barroco, como teatro de la muerte.


Fernando Castro Flórez

Profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad Autónoma de Madrid Comisario y Crítico de Arte del ABC